AAAlejandra
Alcayaga
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Relato erótico

Un paraíso

La furia del puerto impulsa nuestro deseo.
La brisa de la noche aviva nuestro fuego.
La luz de nuestras miradas nos hipnotiza.
Perdidos en el roce de la piel,
somos prófugos del placer.

Mi mirada arde por lo prohibido
mientras disimulo las ganas
de besar tu silencio,
de abrazar tus pensamientos,
de rendirme a la fuerza que domina mi cuerpo,
de llevarte hasta el límite
que nos impone el techo.

Escucho la música que me eriza la piel,
que mueve nuestros cuerpos sedientos,
que burla la distancia y nos conecta:
esa fuerza que nos transforma,
que nos enciende.

Encontramos una habitación cerca del puerto,
una cama silenciosa,
un refugio escondido.

Me observas con esos ojos que me desnudan,
capaces de incendiar hasta la ropa
que dejé caer hace un instante.

Respiras en mi oído
y atrapo tus labios.
Recorres mi espalda
mientras cae mi corsé.
Arrancas mis bragas con delicadeza,
una delicadeza que se desvanece
cuando la fuerza se apodera de tus manos.

Esa fuerza nos pervierte
y nos vuelve adictos:
adictos a nuestros movimientos,
a la forma en que encajo en tu cuerpo,
a cómo levantas mis brazos
y los atas a la marquesa,
tensando las cuerdas
mientras acaricias mis caderas.

Me convierto en la marquesa de tu deseo,
en la dueña del cuerpo que me domina,
que brilla y arranca chispas
a este placer furtivo.

Las olas rompen afuera.
La noche cae sobre nuestro paraíso:
la ciudad que arde,
los cerros que brillan,
tu cuerpo encendido.

Alejandra Alcayaga